domingo, 8 de abril de 2012

La princesa y el rayo de Luna

Posted by Mercedes Mayol 4:15:00
A mis hijos, de los que me siento la madre mas orgullosa y afortunada del mundo, por el amor, las enseñanzas y el sentido que le dan a mi vida cada día desde que Dios me ha concedido la gracia de traerlos a mi lado.

Cuenta la leyenda, que hace mucho mucho tiempo, en un reino muy lejano, nació una princesa llamada Victoria. Podría creerse que esta era una ocasión feliz, pues en todos los reinos, lo sería. Mas no fue así. Su madre, la reina, provenía de un linaje de reyes, sobre los cuales había caído un hechizo de bruma gris.
De modo que, al nacer la princesa, la reina hizo lo mismo que habían hecho con ella y con su madre antes que ella, y con su abuela antes y así.
Tomó a la princesa recién nacida, la cubrió con una tela de seda, la envolvió con fuerza, y la dejó en su cuna gris. Esta envoltura, simulaba un abrazo que la reina no podía dar, pues no conocía los abrazos, por que habían sido borrados de la memoria de la familia hacia muchos siglos.
Pero la tela, no cubría la necesidad de calor de la pequeña princesa, de modo que hizo lo mismo que la reina antes que ella y que su abuela antes que su madre…la pequeña princesa…lloró…La reina entonces, repitió el mismo ritual que las generaciones anteriores habían celebrado. Cubrió su boca con un velo de sombras y su voz se acalló.
La princesa creció, y cuando pudo caminar, fue llevada a una torre en el extremo sur del palacio. Allí, se le enseñó a leer, bajo la tenue luz de las velas, pues no había ventanas que dejaran pasar la luz del sol. Dejaron a su alcance muchos libros, los cuales la princesa leía con devoción, pues era lo único que el hechizo no había alcanzado a marchitar del linaje de los reyes. La luz de las velas, era muy poca y con el tiempo sus ojos comenzaron a fallar, pero quiso Dios, que siempre cuida de las princesas tristes, que una gran tempestad se desatara en el reino, y fue tal su fuerza que abrió una grieta en las paredes de la torre y por esa pequeña grieta, de vez en cuando se colaba un rayo de luna, que no alcanzaba para que la princesa pudiese leer, pero si para que su imaginación se aferrara a las hebras de esa luz derramando un poco de calor en su triste corazón.
El tiempo pasó y la princesa creció y a los 18 años, como todas las reinas antes que ella, su madre la desposo con un rey de su mismo linaje y le cedió el cetro de la tristeza y la desolación y se retiró a la cueva de la soledad a la que todas las reinas iban al renunciar a su trono.
La princesa entonces, se convirtió en reina, y cargó con aquella corona de hierro que era muy pesada, de modo de que cuando nadie la veía, allí en su mas íntima soledad, se la sacaba para poder descansar.
Los nuevos reyes, tuvieron un hijo, un príncipe al que llamaron Omar, de bella sonrisa y gran corazón, que pronto comprendió que su futuro estaría marcado por el mismo destino que el de los reyes, quizás tuvo esa conciencia por que su madre había sido alcanzada por aquel rayo de luna, o quizás no, y fue así, que una mañana despertó con un fuerte deseo que se apoderó de el, un deseo ferviente de conocer otros reinos, otras vidas y se fue a recorrer el mundo.
Tiempo después, los reyes tuvieron una hija, a la cual llamaron Belen. Pero a diferencia de su madre, la reina, quizás por que aquellos rayos de luna habían entibiado su corazón y sembrado esperanza, no hizo el ritual de la seda ni la llevó a la torre del extremo sur del castillo.
La pequeña princesa, tenía una peculiaridad, y es que a diferencia de las princesas anteriores, sonreía, pero la reina no podía verla, pues desconocía lo que era una sonrisa, pero la amaba tanto que a pesar de no comprenderla, la dejaba ser libre.
Un día la reina deambulaba por los pasillos del palacio buscando un nuevo libro que leer ya que el peso de su corona era cada vez mas agobiante y sus ojos cada vez mas ciegos y sabiendo que perdería pronto la visión y su cuerpo no resistiría la pesada carga, trataba de leer lo mas que podía, para recordar, cuando fuese exiliada a la cueva de la soledad, aquellas historias que tanto la calmaban.
Fue entonces que lo vió por primera vez, y no logró comprender al principio de que se trataba. Estaba detrás de una pesada puerta de hierro, que siempre había estado cerrada, pero, quizás por accidente o por descuido, en ese instante se encontraba abierta. Entró sigilosamente, y se acercó a el. Estaba sucio y opaco. Al principio creyó que se trataba del marco de un viejo cuadro de aquellos que siglos antes, cuando el hechizo cayera sobre ellos, se arrancaron de las paredes del palacio. Pero, al acercarse un poco mas y mientras un rayo de luna entraba por la ventana, se reflejó en el, era una imagen borrosa, pero no lo suficiente como para que le pasara desapercibida. La reina tomó el borde de su manto y limpió la plateada superficie y lo que vió en aquella imagen, la dejó asombrada. Una bella mujer se reflejaba en aquel espejo, pues eso era lo que había encontrado, un espejo. El único espejo que se había salvado en todo el reino y había estado oculto bajo sus narices durante siglos. Sus ojos comenzaron a cobrar fuerzas, y a medida que mas se observaba, mas claro podía ver.
Se quedó largo rato mirando el reflejo y decidió que ocultaría ese descubrimiento solo para ella. Cada día volvía a la habitación, limpiaba con su manto la superficie y se quedaba algunos momentos contemplando su belleza, reconociéndose a si misma, pero esos instantes se fueron haciendo mas y mas largos, hasta que la reina dejó de atender sus deberes y hasta se olvidó de su hija. Cuando el rey descubrió donde era que se ocultaba la reina durante los largos períodos en los que desaparecía misteriosamente, quiso destruir el espejo y fue entonces, que la reina tomó la decisión. Dejó su corona de hierro sobre el lecho real, tomó el espejo y a su hija y huyó hacia el bosque.
La pequeña princesa jugaba sola durante horas, y la reina fugitiva limpiaba la superficie del espejo con devoción. Le hablaba a su reflejo y le contaba las historias que había leído durante tanto tiempo. Pasaron algunos años y quiso Dios, que siempre se encarga de cuidar a las princesas tristes, que un mago de oriente pasara por allí.
Vio a la reina triste atrapada en su reflejo y a la pequeña princesa jugando solitaria en el bosque gris. Se acerco a la reina quien apenas volteó su cabeza para mirarlo, y le susurró unas palabras al oído. Luego, se acercó a la princesa y le dijo…
Pase lo que pase, nunca dejes de sonreír. Tomó una rama de roble y volvió adonde se encontraba la reina, besó su frente, levantó la rama y rompió el espejo en mil pedazos. La reina gritó horrorizada y el dolor oprimió su gris corazón. La ira se apoderó de ella y hubiese querido golpear al mago, pero algo en su mirada la detuvo.
El mago se fue y la reina se quedó con la princesa y su dolor.
Sus ojos se cubrieron nuevamente de bruma, su corazón se congeló y el manto de la ira y el dolor cubrió su alma por completo.
La pequeña princesa, miraba a su madre y sufría en silencio a su lado, pero recordaba las palabras del mago…pase lo que pase, nunca dejes de sonreír. Y quizás por que su corazón era bueno y puro y por que en ella habitaba el don de la esperanza, así lo hizo.
La princesa jugaba con su madre, aunque la reina no sabía lo que hacía, pues nunca había aprendido a jugar. Sonreía frente a ella aunque la reina no comprendía el significado de una sonrisa, acariciaba su rostro, aun sabiendo que la reina, nunca había conocido el don del amor, mas nada sucedía. Los ojos de la reina estaban velados por el dolor y las lágrimas y así permanecieron durante mucho, mucho tiempo.
Pero una noche, quiso Dios, quien siempre se ocupa de las princesas tristes, mientras la reina estaba sentada en la puerta de la cabaña donde permanecía ausente y recluida, que mientras la princesa jugaba frente a ella, un rayo de luna se colara a través de la espesura del bosque, iluminando la dulce sonrisa de la niña. El cuerpo de la reina tembló por un instante y un profundo temor se apoderó de ella cuando la pequeña se acercó y con su tibia mano acarició con ternura el rostro de la reina. Fue entonces, que sucedió, la fría capa que cubría el corazón de la reina, se derritió, el velo gris que cubría sus ojos se disolvió y el manto de tristeza y dolor en el que estaba envuelta su alma fue destruido para siempre por el amor de su pequeña hija.
La reina, levantó con torpeza sus brazos y acercó a la niña a su pecho, la abrazó aunque no conocía lo que era un abrazo, la besó con ternura y comprendió por vez primera el significado del verdadero amor. Y fue esto lo que rompió el hechizo que liberó a las dos.
Y es por historias como estas, que yo, aun creo en los cuentos de hadas…
©Mercedes Mayol
08-04-2012
Gracias al mago de oriente, por haber roto el espejo….


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