miércoles, 27 de mayo de 2015

Las mil y una primera vez

Posted by Mercedes Mayol 23:52:00
Desde el asiento trasero del bus lo vi, rubio él, pelo ensortijado, los ojos azules y una sonrisa descaradamente seductora, tendría unos veinticinco o veintiséis años, yo tenía catorce, los senos pequeños, el pelo rebelde y la boca abierta como en la consulta del dentista, pero de admiración, de arrobamiento,  y él me vio y sonrió casi con ternura antes de bajarse y perderse en el gentío. En aquel tiempo yo estaba leyendo El pájaro espino. Fue la primera vez que me enamoré de lo prohibido, del sacerdote Ralph de Bricassart, y del muchacho mayor del bus. Amor a primera vista, le dicen y nunca doblemente mejor dicho.
Días después sentada en el tapial de mi casa, junto a Andrea, mi primera mejor amiga, lo vi llegar, resultó que el sujeto de mis húmedos sueños era novio de la vecina de enfrente, sentí por vez primera envidia, deseo de poseer lo ajeno sin importar las consecuencias. Entonces,  en un arrebato que pretendió ser desafío, le dije a Andrea:
—Yo con ese chico, voy a salir.
Y ella me miró y sonrió como él, casi con ternura, pero con esa mirada de “pobre loca…”.
Ya para ese momento yo me encontraba leyendo El amante de lady Chatterley, y comprendí el arrebato y el desenfreno que producen los deseos.
Pasaron los años, como pasaba él con mi vecina hasta que se casaron, mientras yo seguía insistiendo en que más tarde o más temprano saldría con él. Ese fue mi primer acto de testarudez. Yo tenía diecisiete, había comenzado a ir a bailar y a jugar al pool en la previa, en un bar de mala muerte en Puente Saavedra, del cual no recuerdo el nombre. Entonces lo vi, sentado en la barra, solo, tomando cerveza. Entonces, mis senos eran ya senos, turgentes y virginales y yo lo sabía, inconscientemente, de la misma manera que supe que mis piernas y mis ojos verdes eran un arma de tentación.
Me senté a su lado y de reojo vi su mano: el anillo de casamiento no estaba, y disfruté su mirada mientras estúpidamente pedía un whisky, en las rocas… estúpidamente porque nunca había tomado alcohol, pero en las películas, las mujeres seductoras pedían eso y parecía adecuado, fue entonces que él me habló:
—¿Solita? —preguntó.
No noté lo trillado de la frase, ni la torpe manera de modular, el corazón me latía demasiado rápido,  casi al mismo ritmo en que mis hormonas se agitaban. Haciéndome la indiferente, por primera vez actué, como si no fuese yo, sino Rita Hayworth en Put the blame on Mame, sólo me faltó darle la famosa cachetada, y casi con desprecio le espeté.
—Sí. O, ¿acaso me ves acompañada?
Él sonrió con esa sonrisa de propaganda de pasta dental y levantó la ceja izquierda divertido. Mi actuación duró exactamente tres segundos antes de disolverme en mi propio juego. Hablamos, yo babeando y el seguro de sí mismo, a pesar de su enorme nariz que no opacaba en absoluto mi deslumbramiento inicial. Supe que era asiduo a otro Pool de la zona, Delirio se llamaba y me despedí para ir a bailar, recobrando mi postura de Rita Hayworth hasta cruzar la puerta y enganchar mi taco con el escalón, no cayendo al suelo de milagro.
Al día siguiente aparecí por Delirio y allí estaba él con un grupo de amigos, todos más o menos de su edad, treinta y tantos. Entonces se puso de pie y me habló, como si protegiera a la inocente gacela de los tigres al acecho. Mis rodillas temblaron y ya no pude sostener el personaje. Él se convirtió en mi protector, mi novio, al menos por unos días, en los cuales sobraban esos besos de lengua y garganta profunda, de manos bajo la blusa y de desprendimiento de sostén y amasamiento. Sin embargo y a pesar de mis deseos de entregarle el mundo humedecido entre mis piernas, luego de una apasionada sesión en el río, abrumado por mi inocencia (o por mi temprana edad que podía significarle la cárcel), me dijo:
—No quiero lastimarte, sos demasiado inocente.
Y el corazón se me rompió y odié por primera vez ser inocente y deseé ser una puta sin compasión.
Acababa de terminar de leer Drácula.
Lloré y lloré por días y noches. Mi pobre madre lo llamó por teléfono en un acto de desesperación, pues yo no comía ni paraba de moquear. Me sentí humillada cuando cruzó la puerta, y más humillada cuando en un café me dijo que podríamos ser amigos y hablar cuando quisiera, siendo que lo que yo menos quería cuando estaba a su lado era hablar. Lo dejé solo en aquel bar y me fui a casa con mi deshonra, no la que yo pretendía, sino la que deja el orgullo por primera vez cuando es herido.
Me leí en una noche Romeo y Julieta, y conocí por primera vez el concepto de venganza.
Me recompuse. Me vestí  con la piel de Rita otra vez, sólo que ahora enserio llevaba pieles, prestadas por supuesto, pues no teníamos dinero para semejantes lujos, Greenpeace por entonces no existía ni protegía a las focas. Como una princesa rusa entré a Delirio, mis largas piernas asomaban por debajo de la corta minifalda, los tacos aguja se clavaban en el piso de linóleo casi con la misma fuerza que mi mirada se clavaba en él. Estaba con una mujer de su edad que le dijo rubicunda al notar la pérdida de interés repentina en ella:
—¿Qué mirás a esa pendeja puta?
Ahhh… no pude notar las palabras como insulto, sino como un triunfo cuando él le arrojó el vaso de cerveza encima y le contestó:
—No te metas con ella.
Reforcé la apuesta y pedí un wiskhy, sentándome en un butacón alto, que dejaba al descubierto subrepticiamente mis calzones rojos. Me acomodé astutamente bajo la luz, para que mis ojos se vieran más brillantes y verdes que nunca. Y funcionó. No pudo resistirse como yo no pude evitar sentir el sabor de la revancha llenarme la boca. Me pidió que saliéramos de nuevo y dije que sí. Aquella noche comencé a leer Lolita.
Cuando cumplí dieciocho le dije que quería ser suya (eso decían en las películas y los libros que devoraba, además estaba de moda), porque nunca pasábamos del húmedo manoseo y yo a esas alturas estaba desesperada. Entonces me dijo que prepararía algo especial, porque yo era especial. Esa fue la primera vez que me creí única en el universo.
Pasó por mí a las ocho en su buggy azul, azul como sus ojos y lo que yo creía ver en el río que en verdad era marrón. Me subí cual princesa en la carroza y nos perdimos en la noche. Llegamos poco después a un edificio en Puente Saavedra, subimos al ascensor apretados y enredados en medio de besos apasionados. Sacó unas llaves y abrió la puerta de uno de los departamentos: 2-A en medio de un taraaan…sorpresa.
Prendió la luz y allí estaba, en medio de un lugar despojado de todo, pues era un departamento que estaba en alquiler y le había prestado un amigo para la ocasión “especial”, había sólo un colchón especial en el suelo mugriento y una botella de sidra de marca desconocida y caliente, porque ni refrigerador había.
Me desvistió con cierta ternura y apremio, sentí mucha vergüenza de mi desnudez y algo de impresión al ver la suya, me recosté en el colchón, aún tenía el plástico protector que hacía un ruido muy poco romántico, como el condón que se puso en su miembro erecto. Abrí las piernas, no sin miedo y despacio se adentró en el mundo que yo tanto deseaba entregarle y que se rasgó en un segundo, arrancándome un pequeño grito mientras el foco de 40 watts colgaba y se balanceaba indecoroso, pendiendo de un cable de tela que asomaba del techo.
Ni lámpara había. Entonces hice por primera vez lo que toda mujer que se precie hacer en una situación como esa: Fingí el primer orgasmo. ¡Oh yesss!…Pero no se lo creyó.
Cuando llegué a casa, comencé a leer Orgullo y prejuicio.
No recuerdo si él me dejó o yo lo dejé. La memoria hace cosas raras cuando se pierde el encanto, luego de darse cuenta de la relatividad de la palabra “especial”.
Al poco tiempo conocí a D. no era bello, no del modo convencional al menos, morocho, alto y hasta medio intimidante de aspecto, pero tenía algo que me excitaba sobremanera, el aroma de su piel que me parecía salvaje a pesar de esa cierta inocencia que llevaba a cuestas.
Mi primera cita con él fue a la vuelta de su casa, sobre un tapial me besó y ahí comenzamos a salir. Con él conocí por primera vez el significado de la lujuria y la rebeldía. Era tocarlo y desearlo con desesperación. Cuando el momento llegó, no tuve el valor de decirle que no era virgen, era importante serlo por aquel entonces, si no eras virgen, eras una puta, así de simple. Así que fingí. Esta vez no un orgasmo, sino un dolor que no sentía con Rock the cashba sonando a todo volumen, y le entregué mi mundo rasgado diciéndole que esa era “mi primera vez”.
Nunca lo supo, siempre pensó que era el primero. ¿Para qué?, me pregunté más de una vez y ante la falta de respuesta continué y hasta casi me creí yo misma que aquella había sido mi primera vez. Podría decir que lo siento, pero sería mentir. Viví muchas cosas a su lado, inmersa en la experimentación de la lujuria. Tenía un poder sobre su sexo que me embriagaba, y hacíamos el amor en cualquier lado, cuanto más expuesto mejor. Fue una etapa de sensaciones y experiencias extremas que duró poco más de dos años, entre pogos, recitales en la capilla, punk, Sex Pistols, borracheras tras el Teatro Colón, escenas de celos y Sumo tocando en El túnel. Memorable fue, hasta que el cansancio superó el supuesto amor que yo sentía por él y su inocencia perdida entre mis piernas. Tampoco ayudó su adicción al porro que yo nunca supe comprender, pues yo quería ser su única droga y él tampoco supo comprender.
Cuando lo dejé, luego de una escena que rayó en la violencia, llegué a casa y comencé a leerEl segundo sexo y emprendí la tarea de buscar quién era yo, tenía diecinueve años y toda una vida por recorrer por primera vez.
Mercedes Mayol
Texto para Jus Revista Digital

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