viernes, 1 de noviembre de 2013

El club de los poetas suicidas

Mercedes Mayol

25 de octubre de 1938, 1 am. Alfonsina Storni abandona la habitación del hotel y camina despacio por las calles desiertas de Mar del Plata. Imagino que miró el mar, profundo, oscuro e insondable, como ella. La veo inspirar profundo por primera vez en mucho tiempo, libre pensó quizás, libre del designio de los dioses y de la enfermedad que pudre el cuerpo y devora el alma. Yo decido terminar aquí y ahora, en esos brazos que me fueron negados, a los que les escribí mil poemas que nunca escucharon… y se perdió para siempre, en las aguas encrespadas de mar tan temido e incomprendido como ella.

Este fue su último poema y epitafio:

Voy a dormir

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...

Alfonsina Storni. 

Horacio Quiroga se suicidó sólo un par de años antes, y ella le escribió un poema de despedida:

Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
y así como en tus cuentos, no está mal;
un rayo a tiempo y se acabó la feria...

Allá dirán.
Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte
que a las espaldas va.
Bebiste bien, que luego sonreías...
Allá dirán.

El final 

Alfonsina Storni. 



Una profecía de su propio final

11 de febrero de 1963, Sylvia Plath despierta como todos los días, las cenizas en el alma, el color sepia de una vida insoportable de levedades y absurdos se cuela por su ventana, esa vida que duele, que no espera a nadie y no da segundas chances. Con esa sensación de “hoy lo lograré, hoy superaré tu ausencia reencontrándome contigo”. Está sola y lo sabe, ya lo ha intentado todo y no logra encontrar su lugar. No logra ubicarse en este mundo. Es una extraña arrojada por algún dios desidioso a ese vacío que llena sus días.

Va a la cocina, abre la llave del gas, se arrodilla y apoya la cabeza en la tapa, quizás imaginando el regazo de ese padre que se fue demasiado pronto y la espera en algún lado donde el dolor no existe.

Su último poema es una despedida, pero no de la vida, sino del dolor que la acompañó siempre, hasta que se quedó dormida.

La mujer alcanza la perfección.

Su cuerpo

Muerto porta la sonrisa del deber cumplido,
la ilusión de una necesidad griega
fluye por los papiros de su toga,
sus pies desnudos
parecen estar diciendo:
hemos llegado hasta aquí, es el fin.
Dos bebés muertos hechos ovillo, serpientes blancas,
cada uno prendido a un pellejo
de leche, ya vacío.
Ella los ha replegado
hacia su cuerpo como pétalos
de una rosa que se cierra cuando el jardín
se endurece y las fragancias sangran
desde las dulces y profundas gargantas de la flor nocturna.
La luna no se habrá de entristecer,
allá en su atalaya de hueso.
Tiene, de todo esto, la costumbre.
A rastras crujen sombras negras.



28 de marzo de 1941, Virginia Woolf se vistió, se acomodó apenas su largo cabello negro, se puso un abrigo de grandes bolsillos acomodando en ellos una piedra por cada pérdida sufrida en su vida, por cada despertar con su eterna compañera, la angustia, muchas por los estados de ánimo cambiantes que la enloquecían… fueron muchas las piedras que metió en aquel abrigo que acompañó su marcha hasta el río Ouse, al que escuchaba susurrar a diario las promesas de una paz que ella anhelaba y jamás había logrado encontrar. Se llevó con ella el dolor y la locura y las hundió profundo junto a su propia vida.

En su última nota a su marido escribió:

Siento que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Y no puedo recuperarme esta vez. Comienzo a oír voces, y no puedo concentrarme. Así que hago lo que me parece lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que cualquiera podría ser. Creo que dos personas no pueden ser más felices hasta que vino esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que debo toda la felicidad de mi vida a ti. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo —todo el mundo lo sabe. Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido, excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido tú y yo.

Y sin embargo no fue suficiente.

25 de septiembre de 1972, Alejandra Pizarnik deambula en la noche eterna a la que se ha exiliado, sufre cada segundo de lo que otros llaman vida, todo le conmueve y la abruma, nadie comprende el por qué su piel es tan permeable a la desesperación. Pero allí está la amargura continua, las rutinas del aire que se empeña en entrar a sus pulmones, el sol que amenaza con levantarse terco sobre un horizonte que ya no sabe distinguir. Quiere huir, de este mundo, de sí misma, de esa conciencia que la hace abrir los ojos y ver de frente las sombras que acompañan a los seres que pueblan su universo de amargura. Toma el frasco de barbitúricos, ese que ha mirado tantas veces en las noches que aturden sus silencios. ¿Por qué no? ¿Para qué seguir? ¿Cuál es el sentido en un mundo donde la maldad subsiste e inmola el deseo? Sólo una más, piensa hasta quedarse dormida, inconsciente y por primera vez en paz, en esa noche que la oculta para siempre de sí misma.

La noche

Poco sé de la noche
pero la noche parece saber de mí,
y más aún, me asiste como si me quisiera,
me cubre la conciencia con sus estrellas.

Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte,
tal vez la noche es nada
y las conjeturas sobre ella nada
y los seres que la viven nada.
Tal vez las palabras sean lo único que existe
en el enorme vacío de los siglos
que nos arañan el alma con sus recuerdos.

Pero la noche ha de conocer la miseria
que bebe de nuestra sangre y de nuestras ideas.
Ella ha de arrojar odio a nuestras miradas
sabiéndolas llenas de intereses, de desencuentros.

Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos.
Su lágrima inmensa delira
y grita que algo se fue para siempre.

Alguna vez volveremos a ser.

Pero no en esta vida…

Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Ernest Hemingway, Cesare Pavese, Thomas Mann… y la lista sigue y sigue. Algunos le llaman el club de los poetas suicidas casi como una paradoja absurda, pues hoy para mí la poesía significa vida… una vida que trasciende aún a la muerte, aunque no siempre fue así. Confieso que durante muchos años la aborrecí, odiaba esa manera de adentrarse en ese mundo lúgubre y gris, o esa catarsis de desamores y resentimientos, en esos fuegos fatuos de un amor de verano que exuda intrascendencias.

Sin embargo, me gustaba Whitman, era el único poeta al que leía, porque le cantaba a la vida, claro que luego me di cuenta que él vivía inconsciente la mitad del tiempo, y que de alguna manera se suicidó lentamente hasta morir ahogado por el alcohol.

Me gustaban los poemas épicos, los de lucha, los de esa rebeldía de supervivencia a pesar de todo; y quizás sea porque no comprendí la poesía hasta que yo misma tuve la necesidad de escribirla, de sacar fuera mis demonios, de desbordar desamores y quebrantos, de buscarme a mí misma en cada letra, de recorrer con los dedos la áspera superficie de mi piel adherida a ese vacío que devora a veces la existencia.

Luego llegó el poeta, ése que plantaba sentencias mientras yo desnudaba mi cuerpo frente a un espejo roto.

–Es– le dije en un susurro intentando explicar lo que sentía al escribirla -diferente a cuando escribo una novela, es esta sensación de ser y no ser, permeable a ese algo que no es mío, algo a lo cual pertenezco o me rapta para hacerme su amante y su esclava, y toda mi existencia se resume a ese instante.

–Los poetas son profetas­– dijo él –el dolor hace la poesía, y la letra sólo con sangre entra.

Y yo me estremecí, como si alguien caminara sobre mi tumba.

–La poesía es profecía…concluí en aquel entonces.

Y la sangre brotó, a borbotones, por las llagas de unos ojos que morían a la inocencia  durante un período doloroso de mi vida… y no escribí, no quise hacerlo. Tenía miedo, un miedo irracional (o no) que me congelaba los dedos y el alma, a pesar de esa necesidad que latía dentro de mí, a pesar del desborde y el dolor. Y tal vez fue por eso que en ese período no escribí una letra, o comenzaba y me detenía temblando y cerrando los ojos para no ver el mundo, al menos no ese mundo.

Sentía que si escribía mi dolor, ese dolor se haría carne en los demás y en mí misma, que me condenaría al purgatorio de aquel club de poetas suicidas… y yo no quería morir, al menos, no así. Sentía que si escribía en medio del dolor, si sangraba mi pluma sobre la carne llagada, caminaría con Alfonsina hacia ese mar, me hundiría con Virginia y sus piedras dolientes, para dormir para siempre como Sylvia, y terminar en la encrucijada donde se destierra a los suicidas.

Una locura, lo sé. Pero ¿qué poeta no está algo loco? Qué poeta no transita desnudo ese no-lugar, esa no-existencia de instantes y destellos.

A veces siento que somos como Alicia, perdidos en un mundo neblinoso que se aleja a medida que caminamos hacia ese horizonte de soledades. Quizás se deba a esa necesidad de soledad que a veces sentimos, a ese disfrutarla y padecerla. O quizás porque escribir hace que inevitablemente caigamos profundo, dentro de nosotros y nos veamos tal cual somos, sin la máscara, sin el disfraz, sin la piel ni los ojos… y ese verse es un terrible y hermoso don que desgarra los ojos y asesina las visiones inocentes de los otros. “Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma” decía Jung. Pero una vez que dejas que la poesía brote, no se trata de aceptación, sino de una irremediable realidad.

El poeta me dijo también, se necesita valor para escribir poesía, para escribir cualquier cosa, la cobardía limita. Y yo hoy creo, que eso que él llama valor, es en verdad honestidad, una honestidad desnuda y a veces brutal que nos deja ver la soledad como es. Nacemos solos y morimos solos, y en medio vivimos la ilusión de estar acompañados y esa inocencia, esa ilusión que se pierde cuando nace la necesidad y la desesperación de escribir-nos, de explicar-nos, de desnudar-nos, muere y pare dentro de nosotros miles de estrellas que agonizan. Salimos y entramos de este no-mundo, o demasiado mundo, no lo sé.

Quizás, aquellos poetas quedaron atrapados en la marea de ese lado oscuro de la luna-musa que nos enamora y arrastra sin preguntar.

Y sólo por las dudas, cruzo los dedos, toco madera y sentencio (o profetizo): yo soy poeta y una sobreviviente.

 


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